El atlas de las bestias cotidianas

Cuando nació, en la Barcelona de 1895, Josep Baqué fue vestido como una niña. Su madre deseaba tener una con todas sus fuerzas, así que mantuvo la costumbre hasta que el pequeño comenzó a ir al colegio. Una etapa dura, donde Josep manifestaría dificultades de adaptación con los demás compañeros y profesores. Era mucho mejor pasar de las clases y disfrutar de la lectura, sobre todo de esas revistas con dibujos art nouveau que le regalaba su tío… Alcanzar la mayoría de edad resulta un trance interminable así que, con 17 años, decide romper con todo y emprender un viaje sin fecha de vuelta por Francia y Alemania. Se instala en Marsella y en Dusseldorf, donde se gana la vida como pinche de cocina, picapedrero y mozo de almacén.

En 1928, con 33 años y contra todo pronóstico, vuelve a casa de su madre y consigue un puesto en la policía municipal. A partir de aquí, los vecinos de Las Ramblas lo conocerán como ese guardia gris que regula el tráfico día tras día, año tras año, sin parejas ni amigos o vida más allá del trabajo. Sólo mantiene contacto con una sobrina que, cuando fallece en 1967, será la responsable de desmantelar su piso y, por consecuencia, descubrir un mundo aparte creado por Baqué durante largos años, a espaldas de todos. Guardadas cuidadosamente en una caja de cartón, la mujer encontró 500 láminas ilustradas con 1.500 seres fantásticos, híbridos de distintas criaturas, ordenados numéricamente y perfectamente catalogados como “arañas gigantes”, “animales con plumas”, “bestias salvajes” u “hombres primitivos”. Debajo de cada dibujo, una casilla en blanco deja entrever los reparos del autor a la hora de ponerles nombre.

El descubrimiento de la sobrina de Josep Baqué recuerda al caso de Henry Darger, otro exponente del art brut cuyo indescifrable mundo de batallas imposibles y “Vivian girls” fue descubierto tras su muerte. En el caso de ambos, sus obras aportan un poco de luz sobre personalidades distantes, obsesivas y, en cierto modo, rebeldes. Revulsivos cotidianos para aquellos que nadie, nunca, habría imaginado artistas.  

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