Un viaje al cosmos desde el cuarto de Joe Meek

El timbre de uno de los apartamentos del 304 de Holloway Road suena con insistencia retumbando en las paredes del portal del edificio. Abajo, una pandilla de adolescentes con pintas de modernos bromean impacientes mientras esperan a que alguien les abra la puerta. Podrían darse por vencidos y largarse, pero los sonidos atronadores procedentes de una de las ventanas del edificio resuenan por toda la manzana delatando la presencia de la persona que buscan. El escándalo alcanza su cúspide con la contribución de una mujer que, desesperada, la emprende a escobazos con la pared de su casa para advertir a su inquilino de que 1-ya está bien por hoy y de que 2-tiene visita. Al fin, el ruido cesa y se abre la puerta del apartamento, emergiendo hacia el hueco de la escalera dos monstruosos altavoces empujados por un hombre corpulento que masculla insultos en voz baja. Furioso, activa una retahíla de estruendos que se solapan: aullidos, melodías fantasmagóricas, petardos… Ahora sí. Toca disfrutar del “concierto” de cada día, pero esta vez amplificado al máximo.

Todo aquel que tuviese un grupo en el Londres de principios de los 60 debía conocer a un tal Joe Meek; técnico de sonido y productor musical cuya leyenda iba en aumento en el día a día de los locales de ensayo, clubs y patios de colegio. Que si está tronado, que si es agresivo, que si es muy majo o un genio de otro mundo. No hay nadie en la escena que no conozca las historias en torno a este chico de 30 y pocos años, artífice de hits que suenan por la radio. Muchos quieren grabar en ese piso que tiene alquilado al norte de la ciudad desde donde produce música poniendo en marcha un despliegue de máquinas infernales, algunas de ellas caseras. Y, como no, practicando una agudeza personalísima para sacar efectos cósmicos de un vaso de agua, un cenicero de metal o una bandeja de horno cubierta de gravilla.

En Holloway Road todo sirve para todo: un peine de púas rasgado contra el filo de una mesa puede emular el despegue de un OVNI, dar patadas al plato de la ducha es lo ideal si no tenemos batería y los instrumentos de siempre, pero desafinados a posta, suenan todavía mejor. ¿Que necesitas una atmósfera selvática? No hay problema: sólo hay que esperar a que el clima de Londres nos regale un trueno y a que cante el canario desde la cocina. Cualquier idea loca surgida antes y durante la grabación, aderezada después con eco y reproducida a distintas marchas y velocidades puede dar pie a algo insólito, lo nunca visto u oído. Según Meek, “si suena bien, es que funciona”. Y vaya si funciona. Esa amalgama caótica de compresiones y trucos conforma su arma secreta para  “decorar” melodías y voces; una base adornada con efectos especiales dosificados que dan forma a temas luminosos, pegadizos, accesibles…

Las historietas en torno al universo Meek, ya sean más o menos verdaderas, son consecuencia directa de una polémica personalidad labrada a base de miedos y pasiones. Entre estas últimas destacan la serie B o los westerns. De hecho, es habitual que grabe directamente de la tele sonidos de la película que programen ese día: disparos, gritos, pasos… elementos que dan forma a ese aire novelty tan presente en algunos de sus trabajos. Otra de sus fijaciones es Buddy Holly. El músico suele aparecérsele en sueños prediciendo el futuro, catástrofes de todo tipo que no dejan de inquietarle y que despiertan en él un gran interés por el ocultismo y el más allá (se cuenta que acostumbra a visitar un cementerio cercano en compañía de su médium de confianza para grabar lo que considera “comunicaciones con los muertos”, es decir, maullidos de gatos callejeros, zumbidos del viento y crujidos de los árboles).

Excentricidades aparte, la figura de Joe Meek resulta sumamente incómoda para una industria musical encorsetada, dirigida por señores y orientada a los mismos. El de Gloucestershire prefiere poner en marcha un negocio que se basa en ser fiel a su criterio y en seguir sus corazonadas a la hora de hacer lo que le da la real gana. Intenta sacar adelante y colocar en el mercado a grupos de chavales en los que cree, colaborando puntualmente o dejando de lado por el camino a jóvenes promesas como Marc Bolan, Tom Jones, Jimmy Page, David Bowie, Deep Purple o Rod Stewart. Algunos de ellos, según sus gustos, tan faltos de talento como aquella dichosa formación que comenzaba a despuntar y de la todo el mundo hablaba… ¡Puro ruido, esos Beatles!

Joe Meek vive aislado en su pequeño universo, siendo extremadamente receloso respecto a los pormenores de su trabajo y el de sus protegidos, acostumbrados a conocer pocos detalles durante las grabaciones. Nunca ven trabajar al productor: si están tocando en el salón, él puede dar las indicaciones rodeado de cables desde el dormitorio… o dirigiendo al mismo tiempo en el pasillo a una corista encerrada en un baño que funciona como sala de reverberación. Esta forma de registrar música por pistas resulta completamente exclusiva y pionera. La propia disposición del estudio, dividido en estancias al ser una vivienda al uso, facilita esta mecánica y el funcionamiento de un complejo equipo que es tratado como un instrumento más.

*Fotos de The Downlands en Holloway Road.

A pesar de su juventud, Meek ya contaba con una gran experiencia surtida de altibajos. Pasó una etapa en los estudios IBC a los 25 años (definida como “un aburrimiento total”), otra en Lansdowne Records (de donde fue despedido por extralimitarse en sus funciones como técnico de sonido junior) y ya había montado su propio sello discográfico, Triumph Records, con el objetivo de cubrir un nicho en el mercado dirigido a los adolescentes consumidores de música. Su primer hit entonces fue “Angela Jones”, nº7 de las listas de éxitos inglesas durante 1960. Además, en esta etapa ideó el proyecto “I hear a new world”, doce temas producidos por Rod Freeman y el grupo Blue Men considerados un hito en la historia del pop conceptual.

Meek grabó este disco desde su dormitorio con un equipo estéreo alquilado y, también, haciendo uso a hurtadillas de los recursos de Lansdowne. Nunca llegará a ver estas canciones reunidas en un disco, ni tampoco el lanzamiento de la segunda parte, perdida tras su muerte…

Debido a una mala gestión económica y a la precaria distribución de Saga, empresa especializada en música clásica y en bandas sonoras cutres, Triumph se disuelve a los 9 meses de su fundación.

Y, entonces, llegan The Tornados. Lo más parecido a una «boyband» de la época: jóvenes, estilosos y dispuestos a seguir los dictámenes del cerebro Meek. Lanzan con Decca Records el single «Telstar», inspirado en una etapa profesional del productor donde había trabajado como técnico de radares y en la moda space age. Los chicos hacen historia, colándose en el nº 1 de EEUU como nunca había hecho un grupo inglés. Como dato curioso, este tema consagra el sonido del clavioline, teclado predecesor de los sintes de hoy.


La épica “Johnny Remember Me de John Leyton o “Have I the Right?de The Honeycombs son otros hits que impulsan una carrera en ascenso, difundiendo la «marca Meek» más allá de Europa.

El gran público se rinde ante el joven productor inglés. La exposición mediática infla su ego y acaba haciendo mella en su equilibrio emocional. Comienza a desconfiar de todos, incluso de su casera, pues cree que espía sus jornadas de trabajo a través del hueco del extractor para desvelar sus nuevos sonidos a los grandes estudios a cambio de dinero. Piensa que le pinchan el equipo con micrófonos y, cuando Phil Spector lo llama desde NY para mostrarle su admiración, no duda en colgarle el teléfono tras acusarlo de ladrón.

Esto no es nuevo, sólo la evolución natural de un trastorno bipolar y una esquizofrenia acentuados por las drogas. Por si fuera poco, durante esta etapa vive acontecimientos traumáticos como acusaciones de plagio que le impiden disfrutar de los royalties de «Telstar» o su supuesta vinculación con el asesinato de un joven chapero perteneciente al entorno gay que frecuenta en la clandestinidad (no olvidemos que mantener relaciones homosexuales se consideró delito en Inglaterra hasta 1967). Además, no todo son nº1. Durante la grabación de «Telstar», Meek se había enamorado de uno de los integrantes de The Tornados, Heinz, a quien acoge en su casa durante tres tortuosos años bajo la excusa de ser su mentor. Convencido de su potencial para encarnar a la próxima estrella del pop, invierte todos sus recursos, dinero y energías para colocarlo en la industria, grabándole un disco y consiguiéndole una gira con Jerry Lee Lewis que sólo reporta abucheos.


El fin de su vínculo con Heinz, sumado a algún que otro patinazo comercial y a una inminente fiebre beat con la que comulgaba cero, hundieron a un Joe Meek paranoico y permanentemente amenazado por gente interesada en sobornarlo con tal de no airear detalles de su vida íntima.

La tarde del 3 de Febrero de 1967 se encerró en uno de los cuartos del estudio para trastear en su equipo. Escribió en una nota: “Me estoy yendo. Adiós.” y puso la música a todo volumen. Su casera, una vez más, aporreó su puerta. La recibió con un disparo de escopeta mortal y, acto seguido, se suicidó. Tenía 37 años. Tres semanas después del suceso, el proceso judicial abierto por la causa del supuesto plagio de «Telstar» falló en favor de Meek.

Holloway Road albergaba miles de materiales que pasaron a manos de sus colaboradores para ser finalmente subastados en eBay por 300.000 euros. Documentos, cientos de copias y registros de conversaciones, maquetas etiquetadas con leyendas escritas a mano como «Ray Davies – 1″… El grueso de aquellas jornadas lunáticas todavía es un misterio que por una circunstancia u otra permanece inédito, quizás siguiendo las indicaciones enviadas desde el espacio exterior de parte de Joe Meek, uno de los más grandes pioneros del sonido.

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