Kingelez: La utopía de papel

Uno de los eventos más polémicos de la historia del arte reciente fue la exhibición Magiciens de la Terre, celebrada simultáneamente en el Centre Pompidou y en La Villette de París en 1989. Comisariada por Jean Hubert Martin, acogió una especie de “exposición universal” donde obras firmadas por una élite compacta de creadores occidentales compartían espacio con otras pertenecientes a artesanos y artistas noveles originarios de entornos desfavorecidos. Trabajos conceptuales de Marina Abramović o John Baldessari tratados, supuestamente, con la misma consistencia que los de los demás, miembros de un grupo heterogéneo de indios navajos, aborígenes australianos y otras tantas comunidades con poco o nada que ver entre sí más allá de sus obstáculos.

El origen de toda controversia queda resumida por el propio comisario durante la presentación de la expo: “Surgió de inmediato la idea de sumarnos a los expertos en arte del Tercer Mundo para participar en la elección de artistas. Rápidamente quedó claro que no conocíamos a ninguno que compartiera nuestros conocimientos y gustos en cuanto al arte contemporáneo occidental”.

Durante el mes que Magiciens de la Terre revolucionó París, sus 300.000 visitantes pudieron disfrutar del trabajo de 104 creadores de distintas disciplinas (entre los que sólo había 10 mujeres). Todo empaquetado bajo la premisa de “aldea global del arte” en un acontecimiento millonario financiado por el Ministerio de Cultura francés que abrió las puertas del sector a unos pocos. Kingelez fue uno de ellos.


Nacido en 1948 en el pueblo de Kimbembele Ihunga (Congo), Bodys Isek Kingelez estudió en una escuela de misioneros belgas donde destacó como un alumno 10. Tanto es así que, al acabar el colegio, se fue a Kinshasa para ejercer uno de los oficios más valorados: profesor de secundaria. “Me decían que se me daba bien, que era bueno. ¡Todos mis alumnos pasaban el bachillerato!”, solía decir.

Kinshasa era conocida como el lugar “donde los estudiantes no estudian, los trabajadores no trabajan y los gobernantes no gobiernan”. Un caos decrépito y difícil para muchos jóvenes cuyas principales formas de expresión descansaban sobre el desarrollo de nuevas corrientes musicales o de subculturas hoy reconocidas mundialmente, como los sapeurs. Una realidad inestable que llevó a Kingelez a dejar atrás la enseñanza en 1978.

“Un día, me encerré en mi pequeño cuarto y redacté una lista de cosas que podía hacer. Una gran confusión se apoderó de mi y duró más de un mes. Fue en ese momento cuando me obsesioné de forma enfermiza con la idea de hacerme con unas tijeras, una navaja Gillette, papel y pegamento. Era mi destino, lo supe cuando conseguí todo y lo vi claro. Fabriqué una casita sin entender muy bien qué estaba haciendo. Y esto fue lo que paró mi sufrimiento”.

Días más tarde, presentó su flamante creación en el Museo Nacional de Kinshasa ante la estupefacción de los conservadores, que no le creyeron capaz de hacer algo así. De hecho, lo retaron a realizar una réplica exacta de aquel monumental edificio de papel, dándole quince días para superar la prueba y demostrar su autoría. Y así lo hizo, para asombro de todos, consiguiendo un trabajo en el museo como restaurador de máscaras africanas antiguas.

Esta nueva etapa profesional potenciaría su faceta artística, empeñado en idear y fabricar nuevas maquetas llevadas a cabo con la urgencia de la necesidad, asumiendo las mismas como curas para una enfermedad inexplicable. Kingelez sentía su proceso creativo como un trance, casi como un sufrimiento. No soportaba interrupciones ni el zumbido de una mosca. Sólo la culminación de su obra le producía el alivio que tanto anhelaba; eso sí, durante un breve espacio de tiempo, el intermedio que precedía a la siguiente.


Durante esta primera época, el artista se limitaba a crear edificios individuales (como los expuestos en Magicians de le Terre), propuestas coloridas y enrevesadas cuyo nivel de complejidad irá en ascenso. Aunque siempre rehuyó del término reciclaje, empleaba elementos encontrados por ahí: latas de refrescos, botellas, plásticos… Cosas que irían a la basura de no servir para ensamblar sus mundos en miniatura o extreme maquettes. Destacan, entre mil capas y detalles, los mensajes con coloridos ejercicios caligráficos, recovecos y homenajes a gente de su entorno… y a sí mismo. Un tour por el mundo soñado por Kingelez te permite visitar un estadio de fútbol que lleva su nombre, un centro ultramoderno de investigación del sida, un feliz Japón post-Hiroshima y un monumento gigante a la ONU.


Los edificios individuales cobraron mayor profundidad cuando, en 1993, los dispuso por primera vez unidos en un núcleo urbano. Según el arquitecto y diseñador italiano Ettore Sottsass, «lo más moderno de la obra de Bodys Isek Kingelez es el reflejo de una no-memoria, una no-historia; la construcción de un espacio donde habitar, remover y aniquilar el pasado, el presente y un futuro construido sobre esperanzas y decepciones».  Ciudades inventadas que proyectan recuerdos de una vida sin referencias geográficas más allá de África, asentadas en la constante búsqueda de una realidad mejor. Una positividad que, aún recreándose en el optimismo, resulta amargamente combativa.


En sus notas relativas a una de sus obras, Ville Fantôme (1996), Kingelez confesó: «Quería poner mi arte al servicio de una comunidad que está renaciendo. Quería crear un mundo nuevo porque los placeres de este están manejados por algunos hombres. Así que creé Ville Fantôme para recrear la paz duradera, la justicia y la libertad global. Esta ciudad funciona como un pequeño estado secular con su propia política y nunca requerirá de policías, soldados, agentes de seguridad, prisiones… ¡Es un cielo en la Tierra!”.




Bodys Isek Kingelez falleció el 14 de marzo de 2015 en Kinshasa. Siguió fabricando ciudades hasta el final, habiendo producido más de 3.000 obras a lo largo de su vida. Muchas de ellas se perdieron en inundaciones o debido a pésimas condiciones de conservación. Las que quedan han sido expuestas en 30 países, tanto en ferias como en exposiciones individuales y colectivas. El MOMA, el Victoria and Albert Museum, el Guggenheim de Bilbao o el Museo de Diseño Vitra, entre otros, han caído rendidos a las «maquetas extremas» de este “magicien de la Terre” cuyos sueños siguen, y seguirán, inspirando al mundo.

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