Sister Corita: El arte en una caja de cereales

“Mucho antes de que los chicos de Nueva York inventaran el pop art, una monja menuda enseñaba a los estudiantes del Immaculate Heart College de Los Ángeles cómo descubrir la belleza en las revistas de cine o en los packagings de chucherías. La diferencia es que, mientras estos artistas pop presumen hoy de un discurso ácido y elegante, Sister Corita y sus estudiantes se recrean en una oda a la estética de todo lo que les rodea: sellos de correos, tipografías o grupos musicales de moda”.

Extracto de un artículo de “Look Magazine” – 1966.

Frances Elizabeth Kent nace en Indiana en 1918, mudándose a Los Ángeles con su familia a los cinco años. Nada más cumplir la mayoría de edad y para sorpresa de sus amigos, ingresa en la hermandad del Immaculate Heart College, convirtiéndose en Sister Corita Kent.

Inquieta y creativa, se forma en diversas disciplinas artísticas en la institución educativa de su orden para, posteriormente, practicar una de sus pasiones: la enseñanza. Así lo hace con varias generaciones de alumnos hasta que un día, debido a múltiples presiones, decide dejarlo todo…

Comencemos por el principio. Es sencillo imaginar lo que supondría para un artista vivir en la California de principios de los sesenta, la era de la contracultura, las revueltas juveniles y el surgimiento de nuevos movimientos sociales. Una época y un lugar cuyos estímulos dejan huella en Sister Corita.

En Julio de 1962 se celebra en Los Ángeles un acontecimiento que definirá un antes y un después en el rumbo del arte. La galería Ferus inaugura la primera exhibición individual de un joven de Nueva York llamado Andy Warhol: “32 Campbell’s soup cans”, compuesta de una serie de obras inspiradas en la marca de sopa Campbell.

Haciendo uso de un bono especial para grupos de estudiantes, Corita decide visitarla con sus alumnos en una de sus frecuentes excursiones. El impacto que le produce lo que ve es tan grande, que cambia su concepción del arte para siempre. Por fin alguien comparte su afán por elevar lo corriente a una dimensión que va más allá de lo mundano.

Quizás haya un público que sepa apreciar, como ella, el diseño de las señales de tráfico. O la belleza de los pasillos de cereales del super, repletos de cajas de cartón con llamativos colores y tipografías increíbles.

La expo de Warhol anima a Sister Corita a experimentar con nuevos estilos aplicados a su arte, enterrando definitivamente aquellas influencias iniciales tan relacionadas con el expresionismo abstracto o el arte medieval. 

Gracias a las latas de sopa, la simbología religiosa de Corita toma otra dimensión, dando pie a un discurso renovado. Mientras Warhol se apropia del objeto como unidad representativa, Corita lo hace de la palabra, estructurando nuevos códigos que reflejan otro de sus grandes intereses: la publicidad. Al fin y al cabo, como solía afirmar, “todo lo que necesitamos decir está en un slogan publicitario”.

La artista se empapa del lenguaje de las revistas juveniles de la época (¡como Playboy!) para transmitir con una ironía luminosa mensajes que reflejan su contexto social, político y cultural. Consignas directas y aparentemente simples que se solapan sobre pequeños extractos escritos a mano de cuentos de Winnie de Pooh, obras de Kierkegaard, trozos de canciones de los Beatles o textos de su amigo, el “jesuita radical” Daniel Berrigan. Un cóctel libre y desprejuiciado, donde cada referencia convive y cuya fórmula escapa de la ampulosidad de sus predecesores y colegas (resultando, todo hay que decirlo, igual de o más impactante).

Poco a poco y de forma natural, Corita transforma su visión del mundo en una filosofía de vida palpable en sus recursos a la hora de inspirarse, trabajar o enseñar. Practica un particular activismo que impregna su producción artística en cada fase, incluida su comercialización: vende todo al mismo precio y rechaza numerar las obras producidas en serie. Estos valores la llevan a abrazar muy estrechamente la serigrafía: un arte versátil, divertido a la hora de experimentar, inmediato y asequible.

En 1967 Corita Kent es una especie de celebridad. LA Times la nombra “mujer del año” y sale en la portada de Newsweek ejemplificando el prototipo de “monja moderna”, tan acorde a los nuevas aspiraciones liberales de la Iglesia Católica, interesada en revitalizar el catolicismo y en adaptarlo al s.XX.

Durante esta época, hace amistad con Buckminster Fuller, Saul Bass o Alfred Hitchcock. Relaciones inspiradoras, aunque alejadas de cualquier ápice de mitomanía. Siendo fiel a su espíritu, Corita ve tan estimulante llevar a sus alumnos a conocer la casa de sus colegas los Eames, como a un lavadero de coches.

Esta etapa dulce no está exenta de cortapisas, especialmente la encarnada por James McIntyre, arzobispo de Los Ángeles, intransigente con su orden y con una producción artística cuyo discurso tiene cada vez más puntos en común con el “paz y amor” hippy.

Si a esto sumamos su postura en contra de la guerra de Vietnam, sus manifestaciones a favor de los derechos civiles y sus métodos de enseñanza poco ortodoxos… no es difícil imaginar las hostilidades que, poco a poco, comienzan a asfixiar su ya de por sí limitado mundo.

Aquellos primeros trabajos, que en un principio habían sido adoptados por la Iglesia como originales y novedosos, pasan a ser repudiados por provocadores. Todo esto cansa a una mujer de carácter positivo y abierto…

En 1968, Kent decide tomarse un año sabático, retirarse a Cape Cod (Masachussetts) y volver a ser “Frannie”, como la llamaban cuando era pequeña. Unos meses para refrescarse y volver a la enseñanza con los ánimos calmados.

Ese tiempo de reflexión le sirve para producir, centrarse en sí misma y encontrar nuevas formas de expresión. Y también, para darse cuenta de que no quiere volver a la orden, ni tampoco seguir enseñando arte. Cuelga los hábitos, se muda a Boston y experimenta por primera vez su independencia viviendo sola en un apartamento.

Desarrolla su carrera tomando nuevas fuentes de inspiración, como la naturaleza u otras creencias religiosas. Pinta el famoso tanque de Boston Gas y conserva los lazos con sus hermanas, los cuales se mantendrán hasta su muerte, a causa de un cáncer, en 1986.

El Immaculate Heart College (ya constituido como una institución laica), queda como principal beneficiario de su voluntad.

Color. Mensajes yuxtapuestos, palabras inconexas ¿o no? Frases mezcladas con consignas que todos conocemos y que forman parte de nuestro imaginario popular. Obras compuestas por tantas capas como las que presenta una creadora tan especial: artista, diseñadora, profesora de arte, monja, activista. Corita Kent, Sister Corita, Frannie.

El espíritu de Kent queda sintetizado en sus “10 reglas para estudiantes y maestros” (1968), una suerte de manifiesto popularizado por John Cage. De todas ellas, nos quedamos con sus sugerencias extra: “Mira siempre a tu alrededor. Ve hacia todo. Ve siempre a clase. Lee todo lo que caiga en tus manos. Ve películas atentamente, con frecuencia. Reténlo todo. Podría serte definitivamente útil”.

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